Ángeles nuestros II

Ángel de miel

 

 

angelmiel

Miro al cielo.

Después a la tierra

o al infierno

que,

a veces,

es lo mismo.

Te miro

como quien mira a su ángel de la guarda

y se siente a salvo.

Se me van las penas

y las ansias me abruman.

Quiero moverme,

abrazarte:

simplemente tocarte,

pero estoy paralizada

y tus ojos,

que ahora son de fuego,

me clavan en el suelo

y me atraviesan el pecho y la garganta.

Sudores fríos:

te acercas.

Me tocas el hombro

con un atisbo de ternura

y de tus labios se escapa un susurro

que parece decir:

“todo estará bien,

tranquila.”

Y es entonces,

y solo entonces,

cuando me desvanezco

y me pierdo en el humo gris

que acoge tu alma

y me impregno del frío de estar cerca de la muerte.

Marina García

 

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